Una escapada neoyorkina para adentrarse en el Movimiento del “Land Art”

Una escapada neoyorkina para adentrarse en el Movimiento del “Land Art”

Nuestra colaboradora Paula López Wood, nos invita a conocer Beacon, una pequeña ciudad ubicada a poco más de una hora en tren desde Manhattan, que comenzó a ganar popularidad por albergar uno de los museos más importantes de Land Art, para maravillarse con sus esculturas minimalistas al aire libre.


Beacon está a una hora y media en tren desde la estación de Grand Central, pero la experiencia comienza antes de llegar al pueblo mismo. El Metro North avanza a la misma altura del Río Hudson, y tras los témpanos flotantes invernales, en la orilla opuesta podemos ver faros, lanchas, veleros  y hasta castillos de piedra de aspecto antiguo que sobresalen entre los bosques. El hito más impresionante, la Academia de Guerra “West Point”, la más antigua de Estados Unidos, o el pintoresco castillo Bannermann en Isla Pollepel, una antigua bodega de armas abandonada. En todos ellos uno puede detenerse y recorrerlos desde su propia estación de tren. Poco después, en la estación “Breakneck”, inmersa en el bosque montañoso, descienden parejas equipadas con mochilas y botas de trekking, que parten a hacer alguno de los senderos que ofrece la Reserva Natural de Río Hudson.

Desde la estación de trenes son diez minutos caminando hasta el Dia:Beacon, el museo que transformó a este poblado del mismo nombre en un imperdible entre los amantes del Land Art y el arte minimalista contemporáneo. Avistamos, a la distancia, la enorme construcción industrial que integra acero antiguo, vidrio y concreto. Su estructura se explica porque el museo, inaugurado en 2003, se construyó en lo que había sido una antigua fábrica de cajas de la marca “Nabisco”. Por eso su interior cavernoso, de espacios amplios y grandes ventanales que lo inundan de luz natural, lo hacen un sitio ideal para exhibir las obras de gran escala que caracterizan al movimiento artístico del “Minimalismo” y el “Land Art”.

La caminata hasta el Museo la componen principalmente jóvenes que, por sus tenidas, parecen haber sido sacados directamente de un desfile de moda alternativo en Williamsburg, Brooklyn. De alguna forma, contrastan con el entorno poco urbano, de vista extensas, árboles y montañas que nos dan la bienvenida. Y es que lo de salir del circuito urbano es una tendencia que se instaló hace varios años entre los museos más prestigiosos de Nueva York y otras ciudades cosmopolitas.

El caso más conocido es el  Museo de Arte Moderno (Moma), que en 2000 creó el Moma PS1, un anexo que contiene las obras más vanguardistas en una ex escuela pública del barrio de Queens. Otro caso es el mencionado “Storm King Art Center”, ubicado a 15 minutos en auto de Beacon, un parque de esculturas e instalaciones al aire libre, que en sus 200 hectáreas se repiten varios de los exponentes más icónicos que están en el Dia:Beacon. Entre las obras más impresionantes, están las de Alexander Calder, famoso por sus móviles; del japonés Isamu Noguchi; las imponentes estructuras de bronce de Richard Serra, y las laderas onduleantes de Maya Lin.

Al iniciar el recorrido por el Dia:Beacon, la guía explica que así como nosotros hemos “salido afuera a buscar el museo”, los artistas de Land Art hicieron el mismo ejercicio al buscar sus propias locaciones en exteriores desolados, recorrer grandes territorios hasta encontrar un sitio específico para hacer sus obras.

Grandes referentes

“Land Art” se traduce como Arte del Paisaje y fue un movimiento de la escena de la vanguardia artística que se originó a fines de la década del sesenta, principalmente en la ciudad de Nueva York, como una contra-cultura al circuito de las galerías y los museos tradicionales. Artistas como Robert Smithson, Walter de Maria Michael Heizer y Gordon Matta-Clark rompieron esquemas por hacer de la tierra su lienzo de pintura, por usar retroexcavadoras para manipular el paisaje, y completar obras que para apreciarlas, había que verlas desde el cielo o grandes distancias. Sus motivaciones venían de las contradicciones que les generaban la Guerra de Vietnam, la Guerra Fría y le era nuclear. En ese contexto, estos artistas suscribieron a una visión distópica del futuro para cuestionar el sistema militar e industrial, el consumismo y las banalidades de la vida moderna y la cultura.

“El movimiento coincidía con la época de la carrera espacial, donde se lograron las primeras fotos del planeta Tierra desde el universo. Vemos la tierra como un objeto, y puedes dibujar, diseñar sobre ella”, cuenta el artista Robert Smithson en el documental “Troublemakers”, que muestra la vida y obra de los artistas más emblemáticos de “Land Art” de Estados Unidos. Smithson, quien falleció en 1973 en un accidente aéreo mientras exploraba el lugar que ocuparía su obra más famosa, “Spiral Jetty”, se dedicó a construir un enorme espiral con cinco mil toneladas de basalto negro y rocas delimitado por el agua del Gran Lago Salado de Utah. Por otra parte, Walter de María, quien hablaba que “los terremotos son la mejor forma de hacer escultura”, trascendió por su trabajo en el desierto de Nuevo México, con “The Lighting Field”, una obra que también pertenece a la Fundación Dia, la misma que administra este museo que nos disponemos a recorrer.

¿Qué ver?

Al interior, los cielos altos, los ventanales extensos y el entorno cristalino de las montañas bajas que rodean el museo, hacen que la luz natural que baja por las filas y filas de tragaluces de la antigua fábrica sea permanente y sirvan para iluminar las obras. La luz artificial es casi nula, y si es que existe, proviene de los mismos trabajos de los artistas. Como el primero que vemos al avanzar por el pasillo oriental del Dia:Beacon, la obra de Dan Flavin: una sucesión de muros blancos incrustados con tubos fluorescentes blancos y rojos, que se combinan geométricamente hasta el fin del pasillo, creando una escritura de luces elegantes y limpias a lo largo de toda la perspectiva de la que uno también forma parte del recorrido. Esta obra es una introducción al espacio que el artista usa en el subterráneo de esta fábrica-museo, donde se apoderó de la totalidad de la planta para hacer un montaje de luces verdes y claroscuros que uno puede recorrer para sentirse parte de una película de ciencia ficción.

Y es que la interacción que aquí se logra con las obras, a ratos hace imaginar que esto es lo más parecido a un parque de diversiones en formato minimalista y claro, más alternativo e intelectual. Como en la sala siguiente, donde las obras parecen estar hechas a medida para un espacio industrial como éste. Esculturas de acero como la araña gigantesca de Louise Bourgeois, o las del famosísimo escultor Richard Serra, formas circulares y rectangulares que se hunden varios metros en el suelo dándole de pronto al museo un aspecto tétrico de alcantarillas o sarcófagos, en los que, si uno se anima, se puede inscribir en un tour para recorrer su interior.

Walter de María (quien también tiene una sala llamada “Earth Room” en Soho, Manhattan, que se llena de nieve en invierno)  tiene el espacio central del museo por la magnitud de su obra “360 grados I Ching/64 Sculptures”. Una larguísima alfombra roja brillante con cientos de barras blancas en diversas combinaciones que lo hacen parecer el desfile de un ejército fascista. La explicación es que son las 64 combinaciones de hexagramas del I-Ching, el antiguo libro de filosofía china y adivinación, que entre la década del 50 y los 60 fue una herramienta popular entre los artistas interesados en el azar, en gran parte, gracias a los experimentos tempranos que hizo John Cage  –también presente en este museo– para determinar elementos aleatorios de composición.

Aquí las obras parecen llamar a la presencia al aislamiento en lo maravilloso, aunque sus materiales a ratos sean tan efímeros como un montón de polvo de un desierto o trozos de vidrio quebrado, como el trabajo que aquí exhibe el mencionado artista Robert Smithson.

Es difícil definir qué conquista más, si las obras, el espacio mismo del museo o ver las obras en un extenso parque con aspecto de cancha de golf, como es el caso del “Storm King Art Center”. De cualquier modo, salir del ajetreo citadino a un entorno natural para apreciar arte, sin duda favorece un estado de concentración y de apreciación estética para todas estas instalaciones paisajísticas.

Es así como con el tiempo esta zona del “upstate” se ha vuelto un destino favorito de vivienda para los que buscan un escape al ajetreo y los altos precios de Nueva York,  iniciando una nueva escena de parques, vida nocturna y galerías de arte que ofrecen a escala humana un circuito que vale la pena salir a recorrer.

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